Antonio Colinas

Sobre la Casa de la Poesía

Antonio Colinas

Vivimos en unos tiempos en los que la ausencia de valores y la invasión de los nuevos medios electrónicos nos obligan quizás a volver a los conceptos, a preguntarnos –me estoy refiriendo a un campo estricto sobre el que ahora escribo– qué es la poesía, qué es el arte, que es en definitiva la Cultura. He procurado darme hace tiempo respuesta a estas preguntas en mis libros y artículos y por ello, en lo que a la poesía se refiere, no he dejado de hacerlo recordando unos hechos que son lo suficientemente claros sobre lo que es y no es la poesía.

Con frecuencia, el ser humano ignora que el mundo y sus grandes civilizaciones tienen poesía desde el siglo XXV antes de Cristo: en China, en Sumeria, en Egipto. ¿Y por qué ha sido esto así? ¿Por qué la poesía ha sido tan importante y ha acompañado a las personas hasta el día de hoy? Porque la poesía va unida al sentir y al pensar más profundos de los humanos. 

Si un día en el mundo no hubiese poesía querría decir que los humanos habríamos dejado de ser simplemente humanos. Más tarde, la poesía llegó a Grecia y a Roma y, a través de la cultura grecolatina, civilizó Europa por medio de universidades y monasterios, pero también en calles y plazas, por su carácter eminentemente popular y juglaresco. La poesía ha sido un arte esencial en los grandes momentos de la cultura: en el Medievo, en el Renacimiento, en el Romanticismo, en las Vanguardias del siglo XX.

Y así hasta hoy, porque la poesía, además de trabajar con nuestros sentimientos y con nuestro razonar, es una vía de conocimiento. La gran poesía siempre se ha preocupado y ha dado respuesta a los grandes temas: el amor, la naturaleza, el tiempo, la muerte o lo sagrado. (Por cierto, todas las grandes civilizaciones, sean cuales sean sus creencias, han tenido también su poesía mística). 

Luego, claro está, la poesía es además algo que el gran público conoce mejor: el primero de los géneros literarios, una preciosa materia en la enseñanza y en la educación, esos poemas que musicaron los cantautores (aquí el gran ejemplo de nuestro Amancio Prada), o que memorizamos en nuestra infancia y en nuestra adolescencia, o ese engañoso poner unas palabras debajo de otras cuando se escribe. Engañoso porque eso no basta para escribir poesía, pues el verso y el poema son la consecuencia de un ritmo, de una síntesis, de un contenido que va unido, cuando es ejemplar, a la sabiduría.

Dicho esto sobre la poesía, quisiera decirle hoy a los bañezanos y a los lectores, con humildad, algo que generosamente he decidido ¡¡hace ya tres años!!: donar a mi ciudad natal, La Bañeza, mi Fondo Cultural, es decir, los materiales que han sido el fruto de cincuenta años (1969-2019) de publicaciones, de trabajo, de una vocación para la poesía, pero también para otros campos de la literatura, para la creación en otros géneros (la narrativa, el cuento, el aforismo, el ensayo, los estudios biográficos); pero también han sido cincuenta años unidos al periodismo, a la crítica literaria y, de manera muy laboriosa, a la traducción.

Para dar este paso hacia mi ciudad me he guiado por razones estrictamente entrañables, aunque también por razones de edad y porque, desde hace tiempo y desde otras instituciones, nacionales e internacionales, se había mostrado interés hacia estos materiales frutos de mi trabajo, también hacia mi biblioteca, pero especialmente, claro está, hacia mi archivo. Yo he preferido en todo momento la autonomía y la unidad que este patrimonio cultural,  estrictamente monográfico y reflejo de una vida, exige.

Este gesto mío y estos materiales exigían una serie de condiciones que ya se han fijado tanto en el Protocolo como en el Convenio que se han firmado con la Junta de Castilla y León, con la Diputación Provincial y con nuestro Ayuntamiento. El resultado ha sido lo que reconocemos ya como “La Casa de la Poesía. Fondo Cultural Antonio Colinas”. Condiciones que implicaban un sede y unos cuidados básicos, así como unos fines. 

La sede es ya la del segundo piso de la que reconocemos como “Casa de Doña Josefina”, donada a su vez a la Bañeza  en su día por su propietaria (y propiedad, de todos los bañezanos, no lo olvidemos). Para mí era y es decisiva también esta sede porque en este edificio estaba la Academia en la que tantos jóvenes hicimos nuestro bachillerato y, a la vez, la Biblioteca Municipal. Es un edificio, pues, profundamente unido a nuestra formación y a la cultura de La Bañeza.

Y es que, sí, hay una Bañeza de la cultura, ya muy notable desde los comienzos del pasado siglo, fijada en la literatura, en el periodismo, en la música, en el teatro, en funcionarios estatales de alto rango, pero a la que no hemos concedido todavía la importancia debida. Por ello todos, la ciudad y sus responsables, al fijar qué Bañeza queremos para el futuro, debemos tener presente, de manera eminente, a la Cultura.  

Y, cuando he pensado en mi donación y proyecto, he pensado en los niños y en los jóvenes de nuestra ciudad, en cuanto la ciudad a mí me dio: el amor a la cultura y, particularmente a los libros. Por eso, algo primordial en las actividades con las que esperamos contar se encuentra el sentido didáctico, educativo del Centro, y de manera preferente en el amor a los libros. Nada serán nuestros jóvenes sin esta base primordial para los humanos que es la cultura y, en concreto, ese privilegio que nos acompaña desde Homero y Virgilio que es la poesía, la que acompaña a los humanos desde hace  ¡45 siglos!

Sí, luego hay otra Bañeza que nos distingue fuera y que también debemos promocionar: la de la alegría y la fiesta, la de las concentraciones masivas. La imagen de la Bañeza pasa, pues, por su proyección turística, en la que la cultura se puede integrar perfectamente, por la atención a su patrimonio histórico-artístico, por el cuidado medioambiental –del que nuestros ríos y riberas son un tesoro–, del diálogo con nuestras comarcas, o de ese otro tesoro que es nuestra agricultura. 

En este sentido, siempre me parece un gran don, un lujo, el asomarme a mi balcón cada sábado y ver la calle de Doctor Palanca con esa sinfonía hermosa de mil colores que son los frutos y las verduras de nuestra tierra. 

El día que en La Bañeza hubiéramos dejado de ver nuestro mercado (como el utópico día en que el mundo dejara de tener poesía) significaría eso: que habríamos renunciado al progreso en armonía, no contaminador, a lo más nuestro, a nuestros valores, a nuestro humanismo. Seríamos otra cosa que humanos, que personas con sentimientos y pensamientos: con sensibilidad.

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